Ir al contenido principal

La vida acelerada





Con cada final de verano siento que la vida se acelera.
La luz de septiembre me pone tan melancólica que añoro todos y cada uno de los veranos de mi vida. Incluso aquellos que creí tiempos oscuros.

Los de la niñez son tan luminosos... Sin aristas, sin sombras. Pura alegría.
Acabar la escuela, viajar al pueblo, dormir hasta tarde, pasar los días con un bañador y unas chanclas; las albercas, los descubrimientos como la procesión de hormigas cargando con el trigo o el misterio de las centralitas telefónicas o las gallinas que se quedan inmóviles cuando las ponen bocabajo.
Dar un estirón y seguir pesando lo mismo. Que te den besos de pueblo, que suenan y resuenan.
Disfrutar allí donde los adultos sufren: en la parada eterna de un tren, en la aglomeración de la playa, con las visitas, haciendo maletas...
Creer que todos los veranos serán iguales. Que reirás con las mismas ganas y con las mismas gentes. Que podrás decir lo que hoy no has dicho o podrás hacer aquello a lo que hoy te has negado.

¡Y la adolescencia! Las tardes interminables comiendo pipas, las risas, las siestas eternas llenas de confidencias, las noches contemplando las estrellas y pidiendo deseos que -¡ay!- a lo mejor se cumplen.
Querer correr, adelantar el calendario. Pretender llegar a un mundo que se nos antoja libre y perfecto. Querer ocupar el lugar adulto a base de hacer planes con nuestros amigos: yo seré... yo haré... yo iré...
Descubrir el amor y, con él, sus servidumbres.
Otear el horizonte con la certeza de que los próximos veranos siempre serán mejores.
Hacer amigos eternos de los que a duras penas recuerdas sus caras.
Hacer amigos eternos de los que lo recuerdas todo.
Creer que todos los veranos serán iguales. Que reirás con las mismas ganas y con las mismas gentes. Que podrás decir lo que hoy no has dicho o podrás hacer aquello a lo que hoy te has negado

Y los veranos de la infancia de los hijos. Creer que has cerrado el círculo y el verano es el momento perfecto para disfrutarlo.
Los tienes a tu lado y crees que es para siempre. Ellos se miran en tú y tú en ellos.
Les enseñas el mar, a jugar entre los olivos, las fotos de la familia, a escribir postales para que los demás te recuerden, a hacer molinillos, a beber en las fuentes del camino, a no hacer nada mientras cantan las chicharras...
Y ves cómo ellos piensan que ésa es la vida. Que todo lo que esperan de la vida les llegará a manos llenas en verano.
Ellos también creen que todos los veranos serán iguales. Que podrán reír con las mismas ganas y con las mismas gentes. Que podrán decir lo que hoy no han dicho o podrán hacer aquello a lo que hoy se han negado.

Hasta que, no podrías explicar cómo ni cuándo, te descubres sintiendo que los veranos ya son siempre uno menos y no uno más.
Te despides del verano sabiendo que el deseo del próximo te hará más viejo y no por ello más sabio.
Tus metas las pones ya no en las estrellas sino en el empedrado del camino. Que el próximo verano me procure unos días de descanso, unos horas de risa, unos minutos de ilusión.
Que no eche de menos tanto, tanto, a los que ya no dicen mi nombre y que me echen de menos aquellos que merezco que me quieran.
Que haya un tiempo para la conversación y otro para el silencio. Que disfrute del camino tanto como de la estancia. Que septiembre no me pille por sorpresa.
Que el verano me reconcilie con la vida.

Que se frene, un poquito, esta velocidad.

Imagen: fotografía familiar. Julio de 2006.

Comentarios

  1. Se toma tanta carrerilla, en la infancia, por querer ser mayor... que ahora no nos podemos parar.
    Con la lectura de tu entrada, un poquito de parón... y cuenta nueva.
    Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, creo que va a ser cosa de la inercia.
      Deberían poner en la vida un carril de frenada como esos que hay en las carreteras en las cuestas abajo.
      Un beso.

      Eliminar
  2. Cuando yo era pequeña, mi padre que era un sabio en refranes, de tanto en tanto decía : "No pasan los años ... pasamos nosotros" ¡¡cuánta razón tenía!!!.
    Recordemos estos veranos como pedacitos de nuestra vida, Ana. Comparto esa nostalgia, ¡¡¡Muy bonito!!! Mari.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sï, un sabio en la vida, desde luego.
      Ahora recuerdo un villancico que cantábamos en casa: "La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va y nosotros nos iremos y no volveremos más". ¡Y lo cantábamos con alegría, siendo como es, demoledor.
      Gracias y un abrazo.

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Hoy es San Marcos

Y le ponemos nombre a un santo y, con él, a un pueblo entero.

Y a su amparo pedimos
que haya cosecha,
que salga bien nuestro asunto,
que el achaque de salud pase de largo,
que venga bien un niño,
que ese amor que ahora nace sea por siempre,
que se curen los males de la cabeza y el corazón,
que se entierren las dudas,
que no tengamos noches inciertas,
que nos dure una madre,
que no nos falte un hijo,
que renunciemos a lo imposible,
que sepamos esperar,
que tengamos cordura y si es locura, sea de la buena,
que haya siempre una mano que ayude,
que haya siempre un perdón,
que se cumplan promesas,
que se desaten nudos,
que seamos libres en nuestra casa y esclavos en nuestros afanes,
que riamos con ganas,
que lloremos con tiento,
que nos desesperemos lo justo y necesario,
que la tierra nos bendiga,
que el cielo nos proteja,
que la luz nos ilumine,
que la amistad nos consuele,
que la vida valga la pena... aunque sea por ratitos.

Y entre juergas y cante, comida y tradición, cada cual con su …

Escribo para mi gato XIII. El caganiu

La nieta catalana que él no conoce -porque no sabe ni siquiera que Cataluña existe y que a las ocho y diez minutos de esa tarde de octubre va a gritar al mundo que ha nacido un Estado Catalán- le llamaría el caganiu. Porque ella también lo es –el pequeño de la casa- y sabe que ese puesto es una distinción que les hace transitar por la infancia con unos privilegios que conceden los padres ya cansados de crianza. El caganiu obtiene favores, acordes con el tiempo y las posibilidades que la vida ofrece, y disfruta de pequeños y leves premios cotidianos que, aún siendo así, le hacen crecer frente a sus hermanos, ya atareados en las exigencias del mundo adulto. El caganiu, con las rodillas peladas y cubiertas con el pantalón largo –porque el invierno de aquellos años lejanos en el tiempo y en la distancia se cierne rápidamente tras un otoño breve-, ha ido a la escuela, pero hoy no ha entrado. El entrar depende de que haga sol o frío, de que los amigos más queridos hayan ido también o estén to…

Escribo para mi gato XII. Lo que el monstruo calla

Saca sus historias de las madrugadas de sueños afiebrados. Se despierta empapada en sudor, con la camiseta arrebujada contra el pecho, como si hubiera librado una batalla perdida de antemano. La respiración agitada y las pupilas dilatadas. Un ruido en la cabeza como el de trenes maniobrando en las noches inciertas de la guerra. Echa mano a la mesilla de noche donde descansa la agenda de páginas cuadriculadas y la pluma de su padre y, aún en el estupor de la duermevela, sentada en la cama, apoya el cuaderno en las piernas y empieza historias que nunca sabe dónde la llevarán. A veces, como en trance, garabatea sobre personajes que creía perdidos en la memoria. A veces, transcribe imágenes que se le cruzaron entre el sueño y la vigilia. A veces, las historias avanzan por su cuenta y riesgo, sin control, recorriendo el camino de la cabeza al papel por cuenta propia. La noche de la tormenta no fueron los truenos ni el resplandor que ponía en el cuarto una luz de iglesia bendecida lo que la de…