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Mi padre. Biografía de lo cotidiano I

Mi padre tenía un diente de oro.
Maravilla de las maravillas, en la boca de mi padre refulgía un tesoro. Que sus paisanos también lo tuvieran no era demérito ante mis ojos. El oro de la boca de mi padre era el oro de los Reyes Magos, el oro de las minas del Rey Salomón, el oro de los pioneros, el oro de los piratas.

Mi padre tenía una Ducati. La guardaba en un enorme garaje al que yo lo acompañaba a veces. Las mañanas de los domingos me acomodaba entre sus brazos sobre el depósito de gasolina y mi madre, con su pañuelo anudado bajo la barbilla, se aferraba a su espalda. Los tres, como salidos de una película neorrealista, enfilábamos calle abajo hacia los bloques de Bellvitge. Nunca nadie fue más feliz.

Mi padre se ponía a menudo un clavel en la solapa. Porque en aquellos años de desarraigo, todos los paisanos se reunían en bodas, bautizos y comuniones. Los hombres, con su puro y su clavel. Las mujeres, con su cigarrillo y su peinado de crespado imposible. El clavel de mi padre siempre era blanco y yo corría a la mesa del convite para ponérselo en el ojal. Si había lugar, volvía a casa con él en mi pelo.

Mi padre creyó durante años, con una fe digna de mejor causa, en el Hormobiol Francis. Yo era la sacerdotisa de aquel rito y mis manos, las encargadas de obrar el milagro.

Mi padre tenía un sello de oro con sus iniciales entrelazadas. La A y la R, también mías, le daban a sus manos el aspecto de un aristócrata. Lo guardaba con los anillos de mi madre y solo salía de su reposo cuando la ocasión lo merecía.

Mi padre llevó luto por su padre. Yo no lo conocí, ni al abuelo ni al luto, pero le preguntaba a menudo por qué se cosía ese pedazo negro en la camisa. Por el duelo, me decía. Y en mi imaginación infantil, los muertos se batían a espada.

Mi padre tuvo una zapatería en el pueblo, tertulia y casino en los días de agua. Los hombres del campo se apretujaban para hacer y deshacer chismes y honras. Mi padre hacía botas, zapatos de charol, sandalias, choclos de labrador... Sus hormas, sus máquinas de coser, sus leznas, sus agujas, sus arreos... eran su orgullo y su sabiduría.

Mi padre tuvo una burra a la que llamó Guillerma. En ella quiso resucitar una infancia feliz. Mi padre no sabía que no existe la máquina del tiempo.

Mi padre nunca cantaba. En la Navidad, y conminado por mi madre, nos acompañaba en uno o dos villacincos, con más esfuerzo que entusiasmo. Mi madre decía que tampoco cantó en los corros, cuando era joven.

Mi padre le tenía miedo al agua por la noche. Decía que la negrura y el rumor le acobardaban. De día, nadaba en el río y en el mar con mucho estilo.

Mi padre hacía ensalada de picadillo y el gazpacho en el mortero. A mí me dejaba machacar los ajos y el pan y cortar las tiras de la lechuga. Muy menudito, Ana Mari.

Mi padre echaba queso en aceite. Dados amarillentos que flotaban en un líquido mágico. Al comerlo, aquel queso te arañaba garganta abajo y te hacía brotar las lágrimas. Yo aprendí a comer un queso que ya no he vuelto a probar.

Mi padre se comía las cerecillas a bocados. Y todo lo que él aliñaba picaba a rabiar. Mi madre le decía que eso se lo iba a llevar por delante. No tuvo razón.


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