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Crónica de la excepción. Día 38

Esta fotografía, que es la única que va a ilustrar la crónica de hoy, es un pantallazo de una noticia publicada por El Periódico  en su edición digital de ayer, 18 de abril. Fue en paralelo con el folleto-panfleto que se publicó en el Canalsalut de la Generalitat de Catalunya y que incendió las redes y avivó la polémica a última hora de la noche. No voy a comentar, aunque mucho se podría, sobre dicho panfleto y sus instrucciones descabelladas, ni sobre el juego político que supuso su publicación, ni sobre los intereses que unos y otros están poniendo sobre el tapete sin pudor ni vergüenza. Solo voy a leer con vosotros lo que se dice y lo que significa y cómo, a estas alturas de la situación, estamos tan anestesiados o abducidos o resignados, o vaya usted a saber qué, que nos impide salir a los balcones a gritar como locos que basta ya, que estamos dispuestos a extinguirnos si hace falta, pero como seres humanos dignos y no como un rebaño hacinado camino del matadero...

Crónica de la excepción. Día 37

Los seres humanos estamos diseñados para la felicidad. Por naturaleza. Hay excepciones, claro. Todos conocemos a esos mohínos que hacen de la alegría motivo de preocupación. Pero hoy no vamos a hablar de ellos. Otro día. Solemos ser felices por lo que hacemos, lo que tenemos o, incluso, solo lo que anticipamos. Y esa es la felicidad de la buena, aquella a la que se le dedican sesudos estudios o poemas resplandecientes. Y luego está la felicidad en modo maldad, como yo la llamo. Es decir, qué feliz que soy no por lo que hago, sino por lo que no tengo que hacer.  Y me han dado ganas de explicaros qué es esa felicidad en modo maldad, por si os fuera útil en algún momento del día y pudierais aprovechar para ponerla en práctica, ahora que disponéis de tanto tiempo. Porque hay que ver la de tutoriales y recomendaciones y consejitos que nos están dando. Es un bombardeo continuo (e inútil, añadiría yo). Porque, a ver, escúchate Rigoletto, La Bohème y Tosca del tirón . No ha...

Crónica de la excepción. Día 36

Hoy he sacado el coche a pasear.  Que dicen mucho de los perros, ahora hablan de los niños...  Pero, ¿y los coches?  Ya sé que no son esas cafeteras que se morían de la pena si no los movían en tres días, pero el mío llevaba ya su mesecito largo esperando pacientemente a que fueran a por él. Así que, sobre las nueve de la mañana, lo llevé a dar una vuelta a la manzana: salir por el aparcamiento, girar a la derecha, enfilar mi calle y giro en redondo para entrar en el Mercadona. El pobre se quedó como consternado; supongo que esperaba sus buenos 100 km —qué menos—, sus parones en los semáforos (que es muy moderno y muy ahorrador y se para del todo), su viento en el parabrisas... qué sé yo, lo que todo coche creo yo que se muere por hacer. Pero no, ese ha sido el paseíto. Y gracias. Como se puede apreciar, yo iba enfundada en mis guantes. No aquellos glamourosos de cabritilla, con sus agujeritos y su enganche hacia el pulgar. No aquellos que utilizaba...

Crónica de la excepción. Día 35

Antonio Machado, por boca de Juan de Mairena, nos enseñó muchas cosas. Su voz, siempre sabia, nos ha hecho mejores lectores, mejores oradores, mejores escritores; mejores personas, en definitiva. En uno de mis libros de BUP (ay, ese añorado BUP en estos tiempos de la ESO), aparecía este conocidísimo fragmento, en el capítulo en donde Juan de Mairena habla a sus alumnos: —Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa». El alumno escribe lo que se le dicta. —Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético. El alumno, después de meditar, escribe: «Lo que pasa en la calle». Mairena. —No está mal. Mairena —Machado— rechaza lo difícil, lo artificial, lo recargado, lo barroco, la vuelta sin sentido en busca de una palabra o una expresión que conceda la pátina de inteligencia que se supone que se ha de tener. Mientras, brillando como una piedra preciosa, esperando humilde, están esas otras que hacen del lenguaje algo fluido,...

Crónica de la excepción. Día 34

Han pasado solo trece días y he vuelto a hacer una fotografía de las moreras de la calle desde mi terraza. De escuálidas ramas y ralas copas, me he encontrado con un abril plenamente instalado; pronto serán tupidas y los coches aparcados o los contenedores dejarán de ser visibles hasta el próximo otoño. De hecho, todas las perspectivas de hoy —y el aire, que no se puede meter en una perspectiva— nos traen un grito que oímos todos de sal a la calle, sal a la calle;  que hemos de desoír, como los marineros los cantos de sirena, por nuestro propio bien y el ajeno. Luz donde mires; sol y esa sombra ya definida de los días azules; tibieza; el verdor urbano, nada desdeñable; la brisa placentera... ay, qué difícil va a ser a partir de ahora escuchar dos semanas más . Para hacerlo más llevadero, ¿por qué no pensamos en canciones que hablen de ciudades, de calles pateadas, paseadas, rambleadas; de boulevares, de avenidas, de callejones, de pasajes; calles que ahora se ...

Crónica de la excepción. Día 33

Hace unos días fabulamos con cómo sería nuestra salida a la calle, una vez acabado este confinamiento que aún no tiene fecha final. Si saldríamos en tropel, con los consiguientes batacazos; pausados; a galope; deslumbrados; a carrera abierta... En fin, un poquito de imaginación ante una situación en la cual nunca antes nos habíamos visto. Pero eso era el decorado, el cómo nos veríamos los unos a los otros, las escenas en que seríamos protagonistas o secundarios o figurantes. Fabulemos hoy de nuevo. Esta vez con nuestros estados de ánimo. ¿Cuál será ese estado emocional que definirá el momento final —o inicial— de esta asombrosa situación vivida? Sabiendo que vamos arriba y abajo en esta nuestra montaña rusa particular de estados de ánimo, tenemos conocimiento suficiente para entender que cualesquiera serán posibles, en solitario, contiguos o solapados. Propuestas (por orden de aparición histórica, por decir algo): Opción 1. Horrorizados, espantados, transformados en algo...

Crónica de la excepción. Día 32

Después de dos días de ausencia —vértigo literal, no solo metafórico— me asomo de nuevo por aquí, aunque para contar poco. Que abril está muy abrileño, si hablamos del clima. No puede haber una mañana más mustia y más gris y más lluviosa que la de hoy, lunes de Pascua. Desde la esquina de mi sofá, ese es el panorama. Y el único sonido, de vez en cuando, el de las ruedas de un coche sobre el mojado asfalto. El sábado hizo un año que murió mi padre. Ya tendría 93 años. Se ha ahorrado ver, al fin de su vida, esta tragedia a la que asistimos en estado de estupor.  ¿Qué entendería él de esta guerra sin bombas cuando ya  había días en los que su lucidez se escapaba por los resquicios de la edad? Mejor no haber tenido que explicárselo, como nos lo tenemos que explicar a nosotros mismos, una y otra y otra vez. Dejemos de darnos explicaciones y recuperemos estados de ánimo que nos ayuden, pequeños secretos que nos hagan sonreír, momentos que solo nosotros recorde...